puruṣo rāma-caritaḿ
śravaṇair upadhārayan
ānṛśaḿsya-paro rājan
karma-bandhair vimucyate
puruá¹£aḥ — toda persona; rÄma-caritam — la narración de las actividades de la Suprema Personalidad de Dios, el Señor RÄmacandra; Å›ravaṇaiḥ — mediante la recepción auditiva; upadhÄrayan — simplemente mediante ese proceso de escuchar; Änṛśaá¹sya-paraḥ — se libera de todo rastro de envidia; rÄjan — ¡oh, rey ParÄ«ká¹£it!; karma-bandhaiḥ — por el cautiverio de las actividades fruitivas; vimucyate — se libera.
En el mundo material, todo el mundo siente envidia de los demás. Hasta en la vida religiosa a veces vemos que, si un devoto ha avanzado en las actividades espirituales, otros devotos le envidian. Esos devotos envidiosos no están completamente liberados del cautiverio del nacimiento y la muerte, y nadie puede entrar en el sanatana-dhama, es decir, en los pasatiempos eternos del Señor, mientras no esté completamente libre de las causas del nacimiento y la muerte. La envidia surge bajo la influencia de la falsa identificación con el cuerpo, pero el devoto liberado no tiene nada que ver con el cuerpo, de modo que se halla perfectamente situado en el plano trascendental. El devoto nunca siente envidia de nadie, ni aunque se trate de su enemigo. Sabiendo que el Señor es su protector Supremo, el devoto piensa: «¿Qué daño puede hacerme ese supuesto enemigo?». El devoto, por lo tanto, confÃa en que será protegido. El Señor dice: ye yatha mam prapadyante tams tathaiva bhajamy aham: «En la medida en que se entregan a MÃ, Yo les correspondo». El devoto, por lo tanto, debe estar completamente libre de envidia, en especial de la envidia hacia otros devotos. Sentir envidia de otros devotos es una gran ofensa, vaisnava-aparadha. El devoto que se ocupa constantemente en escuchar y cantar (sravana-kirtana) se libera de la enfermedad de la envidia, y de ese modo llega a ser apto para ir de regreso al hogar, de vuelta a Dios.