antavanta ime dehā
nityasyoktāḥ śarīriṇaḥ
anāśino 'prameyasya
tasmād yudhyasva bhārata
anta-vantaḥ — perecedero; ime — todos estos; dehÄḥ — cuerpos materiales; nityasya — de existencia eterna; uktÄḥ — se dice; Å›arÄ«riṇaḥ — del alma que está dentro del cuerpo; anÄÅ›inaḥ — nunca será destruida; aprameyasya — inconmensurable; tasmÄt — por consiguiente; yudhyasva — pelea; bhÄrata — ¡oh, descendiente de Bharata!.
El cuerpo material es perecedero por naturaleza. Puede que perezca inmediatamente, o puede que lo haga al cabo de cien años. Es sólo una cuestión de tiempo. No hay ninguna posibilidad de mantenerlo indefinidamente. Pero el alma espiritual es tan diminuta, que ni siquiera puede ser vista por un enemigo, ni qué hablar de ser matada. Como se mencionó en el verso anterior, es tan pequeña, que nadie puede tener ni idea de cómo medir su tamaño. Asà que, desde ambos puntos de vista no hay ninguna causa de lamentación, porque a la entidad viviente tal como es no se la puede matar, ni tampoco es posible salvar el cuerpo material por ningún perÃodo de tiempo, ni protegerlo permanentemente. La diminuta partÃcula del espÃritu total adquiere este cuerpo material conforme a su trabajo, y, en consecuencia, se debe hacer uso de la observancia de los principios religiosos. En los Vedanta-sutras, a la entidad viviente se la califica de luz, porque ella es parte integral de la luz suprema. Asà como la luz del Sol mantiene al universo entero, asà mismo la luz del alma mantiene a este cuerpo material. En cuanto el alma espiritual sale del cuerpo material, el mismo comienza a descomponerse. Por consiguiente, el alma espiritual es lo que mantiene a este cuerpo. El cuerpo en sà carece de importancia. A Arjuna se le aconsejó que peleara y que no sacrificara la causa de la religión por consideraciones materiales relativas al cuerpo.